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JORGE ABBONDANZA
Los pueblos incapaces de recordar su pasado están condenados a revivirlo. Esa frase es una de las conclusiones más perdurables de la cosecha política del siglo XX, pero además dice una verdad que debería alarmar a los amnésicos. Un ejemplo de ello puede observarse en el país que tenemos enfrente.
El testigo podrá asombrarse ante la claridad con que resurge aquella máxima, dando la razón a quienes aseguran que la historia se repite. Porque hace poco se cumplieron 60 años de la expropiación del diario La Prensa, un matutino porteño de línea opositora al gobierno peronista de la época, que fue confiscado en 1951 y entregado a la CGT para servir de vocero a esa central sindical oficialista. La medida se dispuso en medio de una campaña contra todos los periódicos no alineados con el poder, donde se manipuló el suministro de papel como arma para estrangular a las empresas editoras. Durante largo tiempo, por ejemplo, ese método obligó a La Nación a salir a la calle con seis páginas, menos los domingos en que salía con diez.
Esa guerra contra la libertad de expresión, tan previsible en las mentalidades totalitarias, se declaró entonces en medio de un proceso de creciente intolerancia que envileció a aquel régimen a través de casos de censura, amenazas, arrestos, incendios y exilios que se produjeron a nivel político, gremial, artístico, religioso y empresarial durante los cuatro años restantes del gobierno, que había asumido en 1946 y fue derrocado en 1955. Claro que antes y después de dicho período, ese país conoció otros episodios de autoritarismo y otras intimidaciones a la disidencia, pero desde los años 50 nunca se había repetido contra la prensa independiente una embestida oficial que siguiera un modelo tan fiel al de hace seis décadas. Ahora llegó.
No parece casual que el gobierno de hoy también sea peronista y su iconografía esté dominada por la pareja presidencial de entonces, que se desdobla puntualmente en la de estos últimos años (hasta con una viudez por medio). El estilo también es igual, con su vieja receta de prepotencia populista que permite legitimar desde el discurso la demonización de ciertos medios periodísticos, atribuyendo a su independencia editorial un propósito desestabilizador. Bajo ese asedio, la sanción de una nueva Ley de Medios y el control oficial sobre la producción, distribución e importación del papel de diario, componen un cuadro idéntico al de 1951, como si se buscara su duplicación. Para remachar ese paralelo, el peronismo de aquel año obtenía su segunda victoria electoral, mientras el de ahora acaba de asegurarse igualmente la reelección de su figura presidencial. Algunos pueblos tienen tanta dificultad en recordar el pasado, que ni siquiera son capaces de verlo cuando resucita.






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